
El fin de semana pasado México vivió uno de sus momentos más intensos de violencia con la muerte de “El Mencho”, presunto líder del cartel más poderoso del país, desencadenando bloqueos de carreteras, incendio de vehículos y pequeños comercios en al menos la mitad del país. Las escenas de camiones y negocios en llamas le dieron la vuelta al mundo. México estaba en llamas.
Muchos canadienses son viajeros frecuentes a destinos como Puerto Vallarta. La noticia acá se enfocó no solo en el momento de los incendios, sino en el reto de regresarlos a casa. Todos los vuelos fueron cancelados en algún momento, incluso ciudades lejanas al epicentro de la violencia, como Querétaro cerró escuelas y se suspendieron todas las corridas de autobuses.
Los canadienses atrapados en México, se sentían como los que trataban de huir de lugares guerra como Medio Oriente. Sin embargo, hubo algunos que dijeron que a pesar de todo se sentían más seguros en Puerto Vallarta que en las ciudades de Estados Unidos. Desde las amenazas de Trump de anexar a Canadá y su guerra arancelaria, con la amenaza de cancelar el TLC, muchos canadienses han dejado de viajar al país de sur; aerolíneas canadienses han cerrado algunas de sus rutas a los Estados Unidos, ante la fuerte caída en la demanda.
En contraste con esas llamas, los habitantes del “otro México” allende las fronteras, han vivido largos meses bajo el terror del “hielo”: la migra, conocida como ICE por sus siglas en inglés: Immigration and Customs Enforcement.
En este espacio ya habíamos mencionado que los millones de mexicanos que han venido migrando a los Estados Unidos por décadas, han formado una identidad propia, sumados a otros hispanoparlantes, se identifican como “latinos”. Tienen raíces en México, pero poseen una identidad propia. Y a su vez, los que viven al sur del Rio Grande y su gobierno se muestran desconectados de los paisanos; bienvenidas las remesas, pero si los persiguen como animales de presa, ahí que se las arreglen.
El asesinato de dos gringos blancos (defendiendo a migrantes) por agentes de ICE durante sus operativos en Minnesota generaron manifestaciones masivas durante varios días, así como una condena generalizada en redes sociales y en las altas esferas de los demócratas. Miles y miles de personas, latinos y sajones, salieron a las heladas calles (hasta 30º bajo cero) de Minneapolis, protestando por la violencia, la agresividad y la ilegalidad de los operativos de la migra.
Tales operativos, usualmente rechazados por los gobiernos locales, han logrado deportar a 350 mil personas tan solo el año pasado; además de tener en sus cárceles privadas o centros de detención alrededor de 50 mil personas, entre verdaderos criminales, gente que ni siquiera tiene antecedentes, niños, y turistas de otros países. Hay algunos canadienses que han sido detenidos por ICE y turistas europeos; ni hablar de los indígenas de Norte America, también confundidos con “latinos” y detenidos.
Demostrando quizá que los mexicanos del norte tienen raíces más fuertes en los círculos sociales estadounidenses que con las autoridades y la población mexicanas, que han optado por tonos más moderados o de plano el silencio. O como dirían algunos intelectuales, el gobierno de Sheinbaum está operando en una realpolitik, consciente de que desobedecer a Washington pone en riesgo toda la integridad nacional y la viabilidad económica, ante la próxima revisión del TLC. Pareciera también que a los mexicanos en México no les incumbe lo que pasa con los paisanos del norte.
Las calles de México han estado en llamas, y temen una escalada en la violencia de parte del crimen organizado; pero las calles de muchas ciudades en Estados Unidos también viven bajo el temor y la inseguridad; los agentes de ICE operan casi como los sicarios, en autos sin placas, cubiertos de la cara, fuertemente armados haciendo detenciones violentas. Muchos negocios latinos han cerrado, los indocumentados no salen de sus casas, tienen temor de llevar a sus hijos a las escuelas, de ir a iglesias. Esos operativos no respetan ningún lugar ni a las autoridades locales.
¿Será que, en el fondo, las llamas y el hielo tienen la misma fuente de origen? Los caprichos de la Casa Blanca, que ha desatado violencia y miedo dentro y fuera de su país. Son fuertes los rumores de que el operativo llevado a cabo por el ejército mexicano se debió a las presiones de Trump.
Desde una perspectiva geopolítica, Washington se ha dedicado a desestabilizar el planeta entero. Algunos analistas explican que en parte se entiende como una estrategia de generar caos para sacar algún tipo de provecho. El golpe en Venezuela, más que acabar con la dictadura de Madero, fue para obtener el control del petróleo de ese país.
A lo que podría sumarse el reciente ataque a Irán, que además de presionar un supuesto cambio de régimen en la nación islámica, ha logrado poner en llamas toda la región del Golfo Persico, complicando el flujo internacional de petróleo y muchos otros productos. Esta semana los mercados mundiales podrían abrir con un alza significativa de los precios de la gasolina.
Estos actos espectaculares de matar a los malos con operativos militares de alto calibre, sin un plan de mayor alcance suena como aquella frase de “que todo cambie, para que nada cambie”. La detención de Maduro no ha traído democracia a Venezuela; la muerte del líder del cartel no ha acabado con el narcotráfico. Los ataques a Irán, la muerte del Ayatola, tampoco parecen cimentar la democracia en esa nación, por el contrario, ha desatado una guerra regional de mayor alcance.
Esperemos que los mexicanos del norte y los del sur, salgan de las garras del hielo brutal y las llamaradas ardientes.

