
Tras haber decidido no renovar tal cual el Tratado de Libre Comercio de Norteamérica, el gobierno de Trump ha sostenido negociaciones comerciales bilaterales, con México por un lado, y por el otro con Canadá. El pasado 21 de agosto, el primer ministro canadiense Mark Carney decidió abandonar la mesa de negociaciones, ante la amenaza de aranceles de 50% que afectan incluso bienes contemplados dentro del acuerdo comercial.
Y no solo eso, las agresiones verbales y amenazas de nuevos aranceles punitivos contra Canadá han ido creciendo. Canadá se prepara para aplicar aranceles al mismo nivel contra mercancías provenientes de Estados Unidos.
Carney explicó que las demandas del gobierno de Trump amenazan la soberanía canadiense. Cuestiones como desaparecer el segundo idioma oficial, el francés; tener voz y voto sobre cualquier acuerdo comercial que negocie Canadá con otras naciones; además de una serie de condiciones que convertirían a la industria automotriz canadiense en subsidiaria de su contraparte americana; y cederían control de minerales y energéticos estratégicos.
Y justo en ese punto, la crisis entre los vecinos del norte le puede pegar seriamente a México, recordemos que la industria automotriz es la columna vertebral del acuerdo comercial del bloque; los vehículos que se construyen en la región deben contener un alto porcentaje fabricado en los tres países.
Además, la sola idea de una posible ruptura total en las relaciones comerciales entre 2 de los 3 miembros del bloque le va a pegar a México en muchas formas.
Otro de los detonantes son los constantes cambios en las reglas del juego, generando una gran incertidumbre, haciendo imposible planear a largo plazo cualquier inversión en la región.
Lo que ha ocupado titulares por meses en Canadá, uniendo a muchos ciudadanos entorno a su primer ministro y un espíritu antiamericano, en México parece tener muy poca resonancia, pero el impacto es innegable.
Es sabido que Querétaro tiene en la industria de autopartes una parte fundamental de su economía. Los desacuerdos entre México y Canadá, así como las nuevas exigencias de Washington han aumentado el porcentaje requerido para que un vehículo se considere hecho en Norteamérica. Ahora es 75% en forma global, además las compras de acero y de aluminio deben ser 70% respectivamente.
Esto genera el dilema para los fabricantes, si USA y Canadá imponen mutuamente aranceles de 50% a esos materiales, además que se aplican cada vez que crucen las fronteras del bloque, eso va a disparar los precios. Los fabricantes además no pueden optar por materiales de otras naciones, porque entonces no cumplen con el requisito para entrar al mercado americano.
Supongamos que una armadora mexicana compra acero barato de Asia. Aunque después transforme ese acero en México y lo utilice para fabricar una pieza, ese insumo puede no contar como acero originario para satisfacer el requisito del 70%. Las reglas son particularmente estrictas y, a partir de julio de 2027, para determinado acero será necesario que todos los procesos de fabricación ocurran dentro de un país del T-MEC.
Ontario y Querétaro están conectados dentro de esa cadena. El propio gobierno de Ontario describe a Querétaro como un centro de componentes automotrices con numerosos proveedores Tier 1 y Tier 2, mientras Ontario tiene una enorme concentración de ensamblaje automotriz. Incluso hubo una misión comercial de empresas automotrices de Ontario a Querétaro este año para profundizar precisamente esa relación.
Esta guerra arancelaria y las amenazas de nuevas tarifas ha motivado a algunas empresas automotrices a tomar medidas tan drásticas como mover operaciones fuera de sus territorios originales. Stellantis está considerando vender su planta de Brampton, Ontario y abrir una nueva en Illinois. Mientras que General Motors ha aumentado sus inversiones en su planta armadora en Oshawa, también en Ontario.
Recientemente, los medios informaron que México recibió $35 mil millones dólares de inversión extranjera solo en el primer semestre de 2026; a primera vista parece estupendo. Pero la mayor parte es reinversión de empresas que ya están ahí, mientras que se nota una gran caída en nuevas inversiones; las empresas fábrica están esperando a ver qué pasa con el T-MEC.
Es como una ruleta rusa, donde inversionistas y empresarios no saben donde mover sus fichas para no correr el riesgo de ser afectados.
La situación ha llegado a puntos irrisorios como los cambios de nombres a lugares geográficos, como el Golfo de México, ahora Golfo de América, o el Lago Ontario -frente al cual se asienta Toronto- por Lago América.
Mientras el gobierno canadiense ha decidido dar una lucha frontal contra Trump, aun esperando regresar a la mesa de negociaciones del TMec, el gobierno mexicano parece estar aceptando todas las condiciones impuestas por Washington.
Para ponerlo en términos coloquiales. La cuestión está así: Para una armadora o una autopartera, las preguntas son: ¿Dónde empieza México? ¿Dónde termina Canadá? ¿Dónde empieza Estados Unidos? En una cadena de suministro moderna, la respuesta es: en los tres. Y eso es precisamente lo que la guerra comercial amenaza.
En algún momento, el gobierno mexicano se tendrá que pronunciar por el lado en el que va a jugar. Seguir pegado a Estados Unidos y oponerse a Canadá, o buscar un frente común con Ottawa y presionar al gigante de en medio. Y no tanto por postura política, sino por una cuestión meramente comercial.
Hay sin embargo una “wild card”, un factor impredecible, que tendrá gran peso en los siguientes pasos de Washington: las elecciones intermedias de Estados Unidos, que podrían debilitar el dominio que tienen los republicanos en el Congreso y el Senado americanos.
Carney lo sabe, y ha estado diseñando contra aranceles estratégicos en puntos sensibles del mapa electoral americano.
Ya veremos si gana la astucia política o las decisiones económicas inteligentes.





