MiradorQrovadis

107 años ya

Es abril de 1915. A la ciudad han llegado tropas villistas procedentes de Celaya, adonde se han verificado combates atroces. Llegan cansados, sucios por consecuencias de la batalla. Prontamente son acomodados para proporcionarles alimentos, cobijo y a la mayoría, atención médica, pues casi todos muestran heridas de diversa índole.

Esta tropa se sentía segura en esta plaza, pues ya llevaban varios meses de ocuparla, baste decir que la navidad anterior fue celebrada, casi como siempre, gracias al denodado esfuerzo de adaptar las plataformas de los tranvías citadinos en mensajeros bíblicos.

Unos días después, iba caminando por nuestras calles un hombre curtido por los azares de la contienda. Deambulaba como queriendo encontrar dónde acomodarse. Quiso la suerte que llegase a nuestra Alameda Hidalgo. El sol había iniciado su declinación hacia el ocaso, pero aún su luz doraba las hojas del follaje. Nuestro personaje uniformado, con su sombrío andar, más que soldado, seminarista parecía.

Miró un tronco olvidado y se sentó. Al mirar el paisaje su mente revoloteó y en su ensoñación vislumbró la población donde nació, lejana, sí, más en esos días en que los viajes duraban días enteros.

Remontó la distancia. Recordó su infancia y esa sensación de soledad cayó de peso.

Olvidaba decir que desde su infancia se había inclinado por la música, misma que cultivó en el Conservatorio Nacional, institución en la que había ganado un primer premio como clarinetista, junto con una beca por dos años más de estudio, los que interrumpió al agregarse en las filas zapatistas.

Todo ello le llevo a considerar la lejanía, sentirse solo. Ambos sentimientos se ahondaron en su pecho y sacó papel y lápiz de su camisa y escribió:

“Qué lejos estoy del suelo donde he nacido.
Inmensa nostalgia invade mi pensamiento.”

Escuchó el canto de las aves. Miró el revolotear de las mariposas. Percibió una ráfaga de viento suave y continuó:

“Y al verme tan solo y triste
Cual hoja al viento…”

Reprimió un sollozo y continuó:

“Quisiera llorar, quisiera morir,
¡De sentimiento!”

Volvió su mirada a lo alto. Por unos instantes miró cómo el sol declinaba y continuó:

“¡Oh, tierra del sol!
¡Suspiro por verte! …”

Estaba a punto de oscurecer. Pergeñó unas líneas más a toda prisa y volvió al cuartel. Ahí la mostró al general Fernando Reyes y a la vez le dijo que era la letra para una composición que había logrado en sus años de Conservatorio. De inmediato dio las órdenes pertinentes para que la banda de música que estaba a cargo de este general la interpretase, por lo que el autor, oriundo de Huajuapan de León, se dio a la tarea de preparar el material que sería entregado a la banda de música.

No tardaron sus elementos en tener todo listo y así fue como el general Reyes, el autor: José López Alavez y la tropa que por ahí estaba, escucharon por primera ocasión la “Canción Mixteca”, título que le puso su compositor.

Hoy es el segundo himno de Huajuapan y la región que le circunda. Se le entona y escucha con verdadera devoción y respeto. Precede al “Jarabe Mixteco” con que se muestra ese amor tan acendrado que tienen los huajuapeños por todo lo que implica y vale decir, cual término, que es quizás, la única melodía que no solamente se ha escuchado en todo el orbe terráqueo, sino en el éter del espacio, pues la NASA la envió fuera de nuestro planeta y la captó la estación espacial, para saludar al mexicano Rodolfo Neri Vela, quien se encontraba ahí.

Ciento siete años después, recibimos al Sr. Luis de León, Presidente Municipal de Huajuapan de León, a numerosa comitiva, en la misma Alameda Hidalgo. Ahí, nuestro Alcalde y él signaron un documento que ratifica la hermandad de los dos municipios, luego de la entonación de la “Canción Mixteca” por parte de la Mtra. Aída García y mirar con atención la evolución de dos jóvenes provenientes de allá, que bailaron magistralmente el jarabe antes dicho, baile de muy difícil y agitada coreografía.

Eduardo Rabell Urbiola

Cronista municipal de Querétaro

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