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“No me quiero ir de aquí”, el fenómeno que sacudió un país

Por: Carolina Zúñiga

De “balbucea” o “dice groserías” a símbolo de orgullo y motor de una economía entera: así se reescribió la imagen de Bad Bunny. Su residencia “No me quiero ir de aquí” no solo rompió récords de taquilla, también transformó la manera en que Puerto Rico se ve a sí mismo y cómo el mundo lo percibe.

Hay conciertos que pasan desapercibidos y hay conciertos-residencia, series de presentaciones en un mismo recinto durante un periodo que pueden transformar una isla entera. “No me quiero ir de aquí”, la residencia de Bad Bunny en el Coliseo de Puerto Rico, fue mucho más que música: un espejo del poder del arte, del turismo y del orgullo cultural. El espectáculo rindió un tributo a la isla, al combinar lo teatral, la identidad nacional y lo festivo, con paisajes campiranos, un flamboyán, la casita del barrio, bailarines, músicos y tambores. No se trató solo de música, sino de narrativa visual, memoria y celebración.

Lo que sucedió en Puerto Rico con la residencia de Bad Bunny se explica mejor en números. Fueron 31 conciertos consecutivos en el Coliseo de San Juan, del 11 de julio al 20 de septiembre, todos vendidos en cuestión de horas. De hecho, los boletos disponibles se agotaron en apenas cuatro horas, una muestra del poder de convocatoria del artista.

El fenómeno de la residencia de Bad Bunny trascendió los asientos del Coliseo José Miguel Agrelot “Choli” en la capital de Puerto Rico. Se calcula que unas 600 mil personas viajaron a este país exclusivamente para asistir a los conciertos y convirtió a la isla en un imán de turismo cultural durante semanas. Hoteles, restaurantes, bares, comercios locales e incluso aerolíneas reportaron incrementos inéditos en su actividad.

El impacto económico fue histórico: estudios estiman un beneficio directo de 200 a 400 millones de dólares, mientras que al incluir derrama turística e ingresos inducidos la cifra asciende hasta 713 millones de dólares. Además, se generaron miles de empleos temporales y la música de Bad Bunny experimentó un crecimiento global, con un aumento de 7% en reproducciones en Spotify durante el periodo de la residencia.

El cierre, titulado “Una Más”, fue transmitido en vivo por Amazon Music, Prime Video y Twitch, alcanzando a más de 350 mil personas en todo el mundo. La fiesta no se quedó en Puerto Rico; fue un evento global.

¿Cómo explicar que cientos de miles viajaran a la isla y que un espectáculo se convirtiera en bandera de identidad? La respuesta no está sólo en boletos vendidos o en millones de dólares, sino en lo que representa culturalmente.

Bad Bunny convirtió cada función en una celebración de la cultura boricua, con paisajes campiranos, la casita del barrio y el flamboyán como símbolos de memoria colectiva. En un contexto de migración y retos económicos, estos elementos fueron un recordatorio de pertenencia.

El compromiso también se notó detrás del escenario: gran parte del equipo de producción, músicos y bailarines fueron puertorriqueños, lo que reforzó la autenticidad y apoyó la economía local.

Puerto Rico no solo se ofreció como destino de playa, sino como epicentro de una experiencia cultural. Hoteles, restaurantes y comercios locales vivieron semanas de actividad inédita gracias al llamado del “Conejo Malo”, y proyectó la cultura de ese país caribeño que trascendió más allá de lo artístico.

La residencia también reposicionó la imagen de la isla: Puerto Rico, tantas veces asociado a crisis, se mostró como un territorio creativo y orgulloso de su identidad.

Otro gesto que fortaleció la conexión con la comunidad fue la venta exclusiva de boletos para residentes en los primeros nueve conciertos y en la última función. Esto permitió que la gente de la isla viviera la experiencia en primera fila y se convirtiera en promotores naturales del turismo, lo que multiplicó el impacto en las conversaciones con los turistas.

“No me quiero ir de aquí” no fue solo un nombre bonito para una serie de conciertos. Fue una declaración de pertenencia, poder simbólico, influencia económica y orgullo colectivo. Bad Bunny demostró que se puede llenar un espacio con arte y cultura, y además generar cambios reales: empleos, turismo, visibilidad e identidad.

Más allá de los gustos musicales, este fenómeno demuestra cómo un artista puede movilizar masas y que cada asiento lleno significa algo para la isla y su futuro. Las giras y residencias no son solo espectáculos: son detonantes de derrama económica y construcción de identidad. Y México, como país con su propio amplísimo mercado musical, puede mirar, aprender y adaptar.

Redacción El Queretano

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