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El fin del miedo

Hand of an elderly holding hand of younger

Una reforma necesaria en México es la que debería imponernos el fin del miedo.  Miedo a participar, a mojarnos, a entrometernos, a buscar mejores condiciones de vida para los millones de pobres.  Miedo al qué dirán, a ir en contra de la corriente, a parecer ridículos por una afición permanente a las cosas sencillas, a los temas del espíritu, a la lectura, a la exposición de nuestras ideas, al progreso intelectual, a la busca de la belleza, a la vivencia íntima de la bondad.  Miedo, simplemente, a ser buenos ciudadanos.

En el libro de la Sabiduría se puede leer que “el miedo no es otra cosa que ausencia de reflexión”.  ¿Cómo vamos a tener tiempo de reflexionar si hoy mismo todo nos llama a la alteración, al ir de un lado al otro sin sentido, al movimiento en círculos, al consumo sin freno, a las adicciones, a la ausencia de todo tipo de equilibrios que presagian duración (de relaciones, de amistades, de amor, de ágape…)?  Hay que decirlo claro y fuerte: los mexicanos tenemos miedo.  Desde a salir a la calle hasta un pavor extraordinario a “meternos en la política”.

En pocas palabras: el miedo paraliza.  Y es que, decía Bernard Shaw, “siempre hay peligro para aquellos que le temen”.  Siempre haya razones para el no.  Para no votar, no participar, no creer, no decir, no mover las aguas, no alborotar el gallinero, no gastarnos construyendo un mundo más respirable, un poquito mejor del que encontramos…  Desde luego, la gente nos “recompensará” mejor –y eso lo saben muy bien los políticos—las apariencias que los méritos.  El miedo nos hace vivir en la esquizofrenia de la apariencia.  En la extrema sinrazón de la pasividad.  Espectadores, no actores.  

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