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Soberanía bajo presión

Las crisis diplomáticas rara vez comienzan con un ultimátum. Suelen anunciarse mediante señales dispersas, declaraciones aparentemente inconexas, investigaciones judiciales, filtraciones periodísticas y mensajes cuidadosamente calculados.

La relación entre México y Estados Unidos parece encontrarse justamente en ese punto: una etapa en la que la tensión crece sin estridencias, mientras ambos gobiernos sostienen discursos que, en apariencia, buscan evitar la confrontación.

El segundo año del gobierno de Claudia Sheinbaum está marcado por una paradoja. Mientras desde Palacio Nacional se reivindica la soberanía nacional como uno de los principios rectores de la política exterior mexicana, desde Washington se despliega una presión creciente que avanza simultáneamente por los frentes judicial, económico, político y mediático.

La presidenta ha reaccionado como corresponde a la titular del Estado mexicano. Su discurso en el Zócalo defendió la autodeterminación, rechazó cualquier forma de injerencia extranjera y recordó que México es una nación libre y soberana.

El mensaje encontró eco entre sus simpatizantes y respondió a una percepción cada vez más extendida de que Estados Unidos ha comenzado a intervenir con mayor intensidad en asuntos que corresponden exclusivamente a las instituciones mexicanas.

Lo interesante, sin embargo, se encuentra del otro lado de la frontera.

Durante meses se especuló sobre una posible escalada agresiva de la administración Trump. Algunos analistas anticipaban operaciones militares unilaterales, incursiones directas contra los cárteles o medidas extraordinarias que colocarían a la relación bilateral al borde de una crisis sin precedentes. La realidad ha sido distinta.

Marco Rubio, Donald Trump y los principales funcionarios estadounidenses han mantenido una línea discursiva notablemente consistente. Su narrativa insiste en que el problema son los cárteles y las organizaciones criminales. El objetivo declarado son las redes del narcotráfico. El discurso oficial evita presentar a México como adversario y procura separar al Estado mexicano de los grupos delincuenciales.

Incluso cuando Rubio habla de drones utilizados por organizaciones criminales o cuando las agencias de seguridad estadounidenses elevan el tono de sus advertencias sobre la violencia en territorio mexicano, Washington continúa sosteniendo que su disputa es contra el crimen organizado y no contra México.

Esa precisión resulta relevante porque permite entender mejor la naturaleza de la presión actual.

Lo que se observa no es una ofensiva militar. Tampoco una ruptura diplomática. Lo que existe es una estrategia mucho más sofisticada que combina investigaciones judiciales, cancelaciones de visas, solicitudes de extradición, revelaciones mediáticas y advertencias económicas. Se trata de una forma de presión menos espectacular, pero potencialmente más efectiva.

Los casos relacionados con Rubén Rocha Moya, las menciones recurrentes sobre Alfonso Durazo y Américo Villarreal, así como diversas investigaciones que han comenzado a rozar a figuras políticas relevantes, muestran que la atención estadounidense ya no se limita a los líderes criminales. El interés parece extenderse hacia los entornos políticos donde presuntamente operan redes de protección, complicidad o tolerancia.

En ese contexto apareció el artículo de Los Angeles Times que encendió las alarmas en Palacio Nacional. Las filtraciones publicadas por el diario fueron interpretadas por sectores del oficialismo como una pieza más dentro de una estrategia de presión mediática. La sospecha tiene fundamento. A lo largo de la historia reciente, las grandes filtraciones rara vez han sido actos inocentes. Suelen formar parte de procesos políticos más amplios donde distintos actores buscan influir sobre negociaciones, decisiones o percepciones públicas.

La paradoja es que todo esto ocurre en el momento de mayor cooperación bilateral en décadas.

Las extradiciones han aumentado de manera significativa. La colaboración entre agencias de seguridad alcanza niveles que difícilmente pueden compararse con los observados durante amplios periodos del sexenio de López Obrador. Los intercambios de inteligencia son más frecuentes. La coordinación operativa es más estrecha. Desde la perspectiva estadounidense, México está haciendo mucho más de lo que hizo en años anteriores.

Y aun así, la presión continúa creciendo.

Cada gesto de colaboración parece venir acompañado de una exigencia adicional. Cada avance institucional es seguido por nuevas investigaciones. Cada concesión abre la puerta a una demanda más amplia. El fenómeno recuerda aquellas negociaciones donde una de las partes interpreta la disposición al diálogo como una señal para elevar constantemente el costo de los acuerdos.

A ello se suma la amenaza de nuevos aranceles vinculados a cadenas de suministro relacionadas con trabajo forzado. El tema comercial comienza a mezclarse con las disputas de seguridad y con las diferencias políticas. Cuando esos tres factores convergen, la relación bilateral entra en una zona particularmente delicada.

La respuesta de Claudia Sheinbaum ha sido prudente. Incluso recurrió recientemente a Miguel de la Madrid para recordar que la defensa de la soberanía constituye una política de Estado y una obligación permanente de cualquier gobierno mexicano. La referencia histórica fue pertinente y envió una señal de continuidad institucional.

Sin embargo, el dato más revelador de las últimas semanas apareció cuando el oficialismo sintió la necesidad de recurrir nuevamente a Andrés Manuel López Obrador. Hubo que desempolvar al expresidente.

Dos años después de haber dejado el poder, López Obrador reapareció mediante una carta dirigida a Donald Trump para respaldar la postura gubernamental frente a las presiones provenientes de Washington. La imagen resulta profundamente simbólica. Un movimiento político que prometía inaugurar una nueva etapa terminó buscando refugio en la figura de su fundador para enfrentar una coyuntura internacional compleja.

El problema es que la carta aporta poco al debate de fondo.

La discusión actual ya no gira alrededor de agravios históricos ni de narrativas ideológicas. El conflicto se desarrolla en torno a investigaciones judiciales, redes criminales, cooperación internacional, presuntas responsabilidades políticas y presiones económicas concretas. Ninguno de esos asuntos encuentra solución en una carta cargada de simbolismo político.

Por el contrario, la necesidad de recurrir nuevamente a López Obrador transmite una señal involuntaria: la magnitud de la crisis comienza a rebasar los recursos ordinarios del discurso gubernamental.

Mientras México habla de soberanía y Estados Unidos insiste en que su combate es contra los cárteles, la presión judicial, económica y mediática continúa avanzando. Y cuando una administración considera necesario rescatar a su principal figura histórica para reforzar su posición, quizá el mensaje más importante no sea el contenido de la carta.

Quizá el mensaje sea que tuvieron que desempolvar a López Obrador. Y, sinceramente, su carta a Trump abona muy poco a la solución de un problema que cada día parece más grande.

Tiempo al tiempo.

@hecguerrero

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