Pocas frases explican mejor la relación de México con el futbol que aquel viejo y entrañable “Sí se puede”. Durante décadas acompañó a generaciones enteras de aficionados. Era una declaración de esperanza, una manera de desafiar la lógica, una invitación a creer cuando las estadísticas recomendaban prudencia.
Se gritaba desde las tribunas, las salas de las casas y las plazas públicas con la intensidad de una oración colectiva. El problema era que casi siempre terminaba siendo eso: un acto de fe.
El futbol mexicano construyó buena parte de su identidad alrededor de la posibilidad. Se podía ganar. Se podía avanzar. Se podía sorprender al mundo. Se podía romper la barrera que parecía condenada a repetirse Mundial tras Mundial. El verbo estaba siempre en futuro. La ilusión ocupaba el lugar de los resultados. Los aficionados aprendieron a convivir con una mezcla extraña de optimismo y resignación. Soñar era obligatorio. Creer demasiado era peligroso.
Por eso el Mundial de 2026 está provocando algo más profundo que una euforia deportiva. Lo que ocurre en las calles de México no responde únicamente a una serie de victorias. Tiene que ver con la sensación de que, por primera vez en mucho tiempo, la esperanza parece caminar acompañada de evidencias. El viejo “Sí se puede” está siendo reemplazado por una pregunta mucho más poderosa.
¿Y si sí?
La diferencia parece mínima. En realidad es gigantesca. El “Sí se puede” habla de una posibilidad. El “¿Y si sí?” habla de una probabilidad. El primero pertenece al terreno de los deseos. El segundo nace de los hechos. Uno intenta convencer. El otro comienza a sospechar que aquello que parecía imposible podría estar ocurriendo frente a nuestros ojos.
México llegó a esta instancia con argumentos que trascienden la emoción. Paso perfecto en la fase de grupos. Nueve puntos de nueve posibles. Victoria sobre Sudáfrica. Triunfo frente a Corea del Sur. Una exhibición contundente ante Chequia. Cuatro partidos disputados contando la ronda eliminatoria, cuatro victorias obtenidas y una defensa que permanece invicta. Las estadísticas no garantizan nada, aunque ayudan a explicar por qué el país entero ha decidido volver a creer.
El partido contra Ecuador terminó por encender la imaginación colectiva. El marcador reflejó un triunfo claro. El funcionamiento reveló algo todavía más importante. México jugó con autoridad. Controló los espacios, administró los tiempos y ejecutó un plan táctico con una disciplina poco habitual en la historia reciente de nuestras selecciones. Durante largos pasajes pareció un equipo convencido de su propia capacidad. Ahí comenzó a instalarse la pregunta.
¿Y si sí estamos frente a la mejor selección mexicana de todos los tiempos?
La sola posibilidad habría parecido una exageración hace unos meses. Hoy forma parte de la conversación nacional. Esta generación reúne elementos que rara vez coincidieron en el mismo momento. Juventud, talento, profundidad de plantilla, disciplina táctica y una confianza que no parece confundirse con arrogancia. El equipo transmite una serenidad que contrasta con los nervios históricos que acompañaban a otras selecciones mexicanas en los momentos decisivos.
Gilberto Mora simboliza buena parte de esta transformación. Su irrupción representa la confirmación de que el relevo generacional dejó de ser una promesa para convertirse en realidad. Juega con la naturalidad de quien todavía no conoce el miedo escénico. Su talento ilumina los partidos y recuerda que el futbol mexicano sigue siendo una fábrica de imaginación. En cada conducción y en cada pase aparece la sensación de que estamos viendo el nacimiento de algo importante.
Julián Quiñones también ocupa un lugar especial en esta historia. Durante años México discutió la presencia de futbolistas naturalizados como si la identidad nacional pudiera reducirse a un trámite administrativo. Quiñones ha respondido con futbol. Su entrega, su capacidad física y su influencia en el ataque han terminado por convertir el debate en una anécdota. Las selecciones modernas se construyen con compromiso, calidad y sentido de pertenencia. Él ha demostrado poseer los tres.
En el centro del ataque aparece Raúl Jiménez. Su carrera parece escrita por alguien que entiende el valor de la adversidad. Después de sobrevivir a una lesión que pudo terminar con su trayectoria, regresó para convertirse en referente de una generación que mezcla juventud con experiencia. Su liderazgo resulta tan importante como sus goles. En un torneo donde la presión crece partido tras partido, su presencia ofrece equilibrio y confianza.
Detrás de ellos emerge una defensa que explica gran parte del éxito mexicano. César Montes y Johan Vásquez han formado una pareja central que transmite seguridad desde el primer minuto. El equipo juega mejor porque sabe que detrás existe una estructura sólida. La mejor noticia para México no son únicamente los goles anotados. Es la tranquilidad con la que enfrenta los momentos difíciles. Los grandes equipos comienzan por defender bien. Esta selección parece haber aprendido la lección.
Las calles han reaccionado en consecuencia. Millones de personas han salido a celebrar. Las plazas se llenan. Las avenidas se convierten en ríos humanos. El país entero parece haber encontrado una excusa para reunirse. La explicación va más allá del futbol. México atraviesa una época marcada por la incertidumbre, la polarización y las malas noticias. El Mundial ha abierto una pausa inesperada. Durante unas semanas, la conversación nacional gira alrededor del talento, la disciplina y la posibilidad de alcanzar algo extraordinario.
Ahora aparece Inglaterra en el horizonte. Una de las grandes potencias del futbol mundial. Una selección acostumbrada a convivir con la presión. Un rival que obliga a jugar el partido perfecto. También aparece un México distinto al de otras épocas. Invicto. Convencido. Organizado. Dueño de una identidad futbolística reconocible. Por primera vez en mucho tiempo, el desafío parece tan grande como la confianza para enfrentarlo.
Nadie sabe hasta dónde llegará esta aventura. El futbol conserva la hermosa costumbre de desobedecer los pronósticos. Lo que sí sabemos es que algo cambió. El viejo “Sí se puede” acompañó durante décadas a una afición que soñaba con derribar un muro. El “¿Y si sí?” pertenece a una generación que ha comenzado a ver grietas en ese muro. La diferencia entre ambas frases es la distancia que existe entre la esperanza y la evidencia.
Tal vez dentro de unos días todo termine. Tal vez la historia continúe. Tal vez esta selección alcance territorios donde ninguna otra ha llegado. Lo único indiscutible es que México volvió a creer. Esta vez lo hace apoyado en resultados, en futbol y en una generación que juega con el descaro de los jóvenes y la madurez de los veteranos.
Durante años gritamos “Sí se puede”.
Hoy, por primera vez en mucho tiempo, millones de mexicanos se permiten formular una pregunta distinta.
¿Y si sí?
Tiempo al tiempo.
@hecguerrero

