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El príncipe contra el huachicol

Tomar decisiones unilaterales drásticas, amparado en el beneficio social a posteriori, sin el mínimo asomo de tomar en cuenta ninguna retroalimentación para ajustar los rumbos del Estado, es una forma de gobierno que tiene un nombre: Autocracia, o la concentración del poder en una sola persona, quien conduce los rumbos sin mayores mecanismos reguladores.

El concepto tiene más resonancia en los días recientes, en los que ciudadanos han cuestionado que, para acabar con el huachicoleo, alguien optó por cerrar la llave de la gasolina parejo para todos, incluso para quienes dependen del combustible para su lícita actividad de sustento diario, sin un plan alterno para asistir a quienes lo ocupan. Y más aún: alguien, quien, tras los señalamientos, no ha dado visos de querer ajustar, en un ánimo democrático, como presume ser.

Han cuestionado a quien critica, culpado de la crisis, sólo a las compras de pánico, acusado que el “abasto en exceso” de los consumidores cotidianos es la razón del desabasto y no así la decisión unilateral y (según las evidencias) no planeada para acabar con el huachicoleo… y junto con éste, con el consumo lícito y legítimo de combustibles.

Es la encarnación de la más recia escuela de gobierno de la teoría política moderna: es El Príncipe combatiendo al huachicol. En términos generales, la idea principal que prevalece en las enseñanzas del filósofo florentino Nicolás Maquiavelo, estriba en que: “En las acciones de los hombres, y particularmente de los príncipes, donde no hay apelación posible, se atiende a los resultados. Trate, pues, un príncipe de vencer y conservar el Estado, que los medios siempre serán honorables y loados por todos; porque el vulgo se deja engañar por las apariencias y por el éxito; y en el mundo sólo hay vulgo, ya que las minorías no cuentan, sino cuando las mayorías no tienen donde apoyarse” (El Príncipe, capítulo 18, De qué modo los príncipes deben cumplir su palabra). De este fragmento se desprende la editorializada (cuando no torcida) frase de que “el fin justifica los medios”.

En esencia, eso significa. En el detalle, hay matices. Pero se trata de una recomendación para no dejar de hacer lo necesario por el bien común, sin importar la forma en que se tenga que conseguir. Al final de cuentas, el pensamiento y la praxis de la autocracia nos lleva a la misma conclusión que Maquiavelo vislumbró hace 500 años: medios que se legitiman, cuando el fin es noble. De la autocracia es otra mafia a la que le encanta el poder.

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