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El madruguete con las mañaneras de Andrés Manuel

Hace 18 años, Andrés Manuel López Obrador, el tabasqueño que no lograba comprobar su residencia en la Ciudad de México y gracias a la intercesión del entonces presidente Ernesto Zedillo pudo contender para la jefatura de Gobierno, tuvo una idea que, más que excéntrica, marcó en definitiva el éxito de su exposición nacional, desde la capital del país.

Dijo que se levantaría a las 5:00 horas, como la gran mayoría de los obreros, trabajadores y campesinos de México, pues “la suerte se reparte temprano”, solía repetir. Y lo hizo.

Curiosos (o morbosos), los medios quisieron comprobar si era una ocurrencia populista, como muchas veces se le ha acusado, o si cumpliría. Sólo un reportero de televisión y una de diario impreso (mi amiga Alejandra Bordon) estuvieron ahí, en la puerta del Antiguo Palacio del Ayuntamiento, para comprobar que llegó en el Tsuru blanco conducido porNicolás Mollinedo, Nico.

Como la infinita loa a la resistencia del telar de las arañas, cada día se fueron sumando más personas de los medios, para ver a Andrés y arrancarle una respuesta en el improvisado chacaleo. El remolino de gente fue tal que, muy pronto, el área de logística y de comunicación decidieron pasar al contingente reporteril a la pequeña sala Francisco Zarco, donde nació la Conferencia Mañanera.

Cual arco narrativo de tragedia griega, no podríamos desenredar hoy el nudo dialéctico para saber quién hizo a La Mañanera: si el personaje que terminó por convocarla o los medios que, en su afán por asistir a ver si pasaba algo, provocaron que pasara algo. Una verdadera profecía que se autocumplió. El filósofo y psicólogo Paul Watzlawick estaría orgulloso del ejemplo.

Lo que siguió fue una verdadera obra maestra de comunicación política. A lo largo de mil 377 conferencias, en las que recibió tres mil 117 preguntas, Andrés posicionó su discurso todos los días antes que cualquiera, y obligó a que le replicaran, respondieran, retroalimentaran o suscribieran. Pegó primero, y siempre pegó dos veces.

Desde la esfera de lo local, López Obrador se encaramó en las encuestas como el personaje más conocido, mejor evaluado, más socorrido. Dictó la agenda. Él lo sabía y por eso faltó sólo en 139 ocasiones durante el tiempo que duró en su sexenio: del 6 de abril de 2000 al 28 de junio de 2005, cuando dio la última. Atendimos esas conferencias, en total, 115 periodistas distintos. Quien más veces acudió fue, precisamente, La Bordon, la primera en pescarlo desmañanando. El promedio de preguntas por conferencia fue de 43.

Este trabajo etnográfico y la recapitulación de la mayor parte de la historia es de mi más antiguo amigo, el gran periodista Manuel Durán, con quien hace poco coincidía (cosa rara) en que La Mañanera nacional que tuvo Andrés con su gabinete, los 32 superdelegados y, seguramente, los 32 gobernantes estatales, será de nuevo mucho más que una ocurrencia.

Será mucho más que una desmañanada. Será, en realidad, un madruguete para volver a ganar indiscutible, indisputablemente el discurso, la agenda y el control. Pegar primero, pegar dos veces y pegar al final.

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