Hace solo un par de semanas el primer ministro de Canadá declaró al New York Times que ha instruido a su equipo de seguridad para que analicen posibles escenarios en caso de una “mínimamente posible” invasión o un ataque militar de parte de los Estados Unidos. Al tiempo que acaba de anunciar el primer megaproyecto de interés nacional, un nuevo oleoducto que iría de Alberta a la Colombia Britanica, para enviar recursos petroleros al mundo.
Carney tiene una doble presión: conflictos políticos internos y una abierta y cruda guerra comercial con los Estados Unidos, que acaba de prohibir la entrada a muchos productos canadienses (alcohol, madera y lácteos), además de los aranceles del 50% al acero, el aluminio, entre otros. Al interior, se ha visto forzado a aprobar el polémico proyecto del oleoducto, porque justo este mes se llevará a cabo el referéndum en Alberta para saber si la gente de esta provincia se quiere separar de Canadá; en una tónica similar, la provincia de Quebec irá a elecciones también en estos días, y entre los partidos más fuertes hay uno que ha venido promoviendo la vieja idea de separación.
En el asunto este de los deberes de la democracia, en unos días en la ciudad de Toronto tendremos elecciones municipales para alcalde y consejeros municipales. A diferencia de las elecciones provinciales y federales, los alcaldes no participan bajo el abrigo de ningún partido político, lo hacen a titulo personal. ¿El resultado? La boleta electoral tendrá más de 50 nombres, de los cuales a duras penas la gente conoce máximo 3.
El proyecto del oleoducto de Alberta se ha acariciado por muchos años, pero que ha sido rechazado por el gobierno de Colombia Britanica, por ambientalistas y los pueblos indígenas que controlan varias regiones de esa provincia. Y en aras de la democracia y un gobierno incluyente, el proyecto nacional tiene que tener la aprobación de dos gobiernos provinciales, de ambientalistas y de los lideres indígenas.
Este mientras Trump ha remontado en sus críticas y ataques contra Canadá. De un lado, el mandatario canadiense enfrenta una seria guerra comercial y potencialmente política con la Casa Blanca, donde todo está en juego, y al interior fracciones que en aras de la democracia tienen que consultar a diversos grupos sociales, al pueblo, para conservar integro el territorio. Irónicamente, a nivel nacional la gran mayoría de los ciudadanos canadienses apoyan las decisiones de Carney en materia económica.
La democracia puede costar cara, y no solo eso, el costo de la democracia gringa lo pagan otros países… el futuro del planeta queda en ascuas. La guerra de Estados Unidos contra Irán y los aranceles ridículos a diestra y siniestra contra muchos países han propiciado enormes presiones en materia inflacionaria e inestabilidad política en el mundo, y están ligadas íntimamente a las elecciones intermedias en los Estados Unidos. ¿Qué está en juego? El equilibrio de poderes. Trump teme perder asientos republicanos en el Congreso y con ello el consentimiento de todas sus decisiones.
¿Cómo va la democracia en México? Las elecciones intermedias de 2027 serán una prueba de mitad de sexenio para Claudia Sheinbaum y una prueba de la capacidad de Morena para conservar su predominio político. La maquinaria del sistema democrático ya se está aceitando. Se empiezan a perfilar candidatos a todos los niveles, 500 diputaciones, 17 gobernaturas, múltiples ayuntamientos en 30 entidades; un estimado de 19, 600 posiciones.
Vuelve el tema del costo de la democracia o de hacer parecer que el poder quiere conocer la voluntad popular… Morena y sus aliados empezaron desde este año a definir sus candidaturas para las 17 gubernaturas. Hubo más de 50 aspirantes inicialmente, y el partido estableció procedimientos internos, encuestas y reglas para determinar quiénes serían sus candidatos. Algo similar estará haciendo la oposición.
¿Es esto realmente la voluntad popular? ¿Cuánta gente acude a las urnas? ¿Cuánta gente cree en la democracia y quiere elegir a sus dirigentes, confiar en los planes que tienen para el futuro o quien creen que puede “sacar al wey de la barranca”?
En las más recientes elecciones en la región de Norte América, Canadá destaca con una participación del 69% del padrón, en Estados Unidos fue un 65.3% y en México, 59.8%. Curiosamente en los 3 casos, la motivación fue el enorme carisma de los lideres políticos. Y, aun así, si hay que recordar que los padrones no incluyen el total de la población, sino los mayores de edad -o ciudadanos como en USA y Canadá-, que se inscriben en el padrón.
Como queda claro, los temas económicos están supeditados a los momentos políticos y al afán de conservar el poder. Hace un tiempo salió un meme en las redes sociales, donde un miembro de Maga (fanático de Trump) decía: “yo voté por Trump para ser racista, no para ser pobre” … Y ese es el gran riesgo para la Casa Blanca, cuyas decisiones han desatado una escasez energética con enormes presiones en los precios de combustibles, los aranceles que impone USA a otros países que venden productos en Gringolandia, los pagan sus consumidores; muchos grupos pro-inmigrantes han dicho que, ante las redadas de ICE, hay menos gente en los campos y los productos agropecuarios están subiendo de precio.
En mis años universitarios nos explicaron que esto de la democracia tiene que ver con algo que teóricos europeos del sigo XVIII llamaban el “Contrato Social”, o sea en algún momento de la historia un grupo de gente se puso de acuerdo en que todos cederían sus derechos y libertades individuales a un pequeño grupo que ejercería el poder en aras de ver por el bien de todos, manejando los recursos colectivos (incluidos los impuestos) y protegerlos de grupos invasores.
Al paso del tiempo, ¿existe aun ese compromiso? ¿la gente confía en sus dirigentes? O ¿es realmente necesario consultar al pueblo para todas las decisiones? Sobre todo, en momentos de grandes reacomodos geopolíticos, donde cada país se rasca con sus propias uñas, o algo así.

