ArteriasDestacadas

México, tierra de dinosaurios

El hallazgo en Coahuila del cráneo casi completo de un dinosaurio que murió hace 72 o 73 millones de años ha permitido no solo identificar una nueva especie «platicadora», la Tlatolophus galorum, sino también conocer más acerca del territorio donde herbívoros, como él, y también carnívoros, coexistían.

«Seguimos abonando en el conocimiento, porque años atrás, si uno busca en las reconstrucciones de cómo era México en el pasado, la mayoría de las veces lo representaban sumergido en el mar. Hoy estamos contribuyendo a aclarar parte del aspecto que tenía lo que hoy es el norte de México», explica en entrevista Felisa Aguilar, quien preside el Consejo de Paleontología del INAH y es parte del equipo que identificó la especie del periodo Cretácico, la onceava descubierta en el País.

En realidad, la zona de la que forma parte el ejido Guadalupe Alamitos del Municipio de General Cepeda -sitio del hallazgo- era una planicie de inundación, indica la experta.

Durante el Cretácico, esta región era una especie de pantano cercano a la costa, con ríos y riachuelos que formaban deltas, los cuales desembocaban en el antiguo mar de aguas litorales poco profundas, de acuerdo con el libro La biodiversidad en Coahuila, coedición de la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad y el Gobierno de la entidad. El clima era mucho más cálido y húmedo, detalla, lo que permitía la existencia de una vegetación como la que se encuentra actualmente en las costas del Golfo de México.

«Esas condiciones particulares permitieron establecer una serie de hábitat específico para los dinosaurios. Si tenemos esa diversidad, es posible que cada uno tuviera un tipo de alimentación en específico que hacía que no compitieran entre ellos; son hipótesis que vamos analizando y en su caso corroborando con base en el análisis de los dientes de los dinosaurios, más las evidencias paleobotánicas de la región», precisa Aguilar, maestra en ciencias biológicas y paleoecóloga.

Preservación excepcional

El Tlatolophus galorum, dinosaurio subadulto y de robustas extremidades posteriores, perteneciente al grupo de los hadrosaurios -comúnmente conocidos como pico de pato-, murió en lo que debió ser un cuerpo de agua copioso en sedimentos. Su cuerpo quedó rápidamente cubierto por la tierra y permaneció allí durante eras.

Este hecho resultó extraordinario para su preservación, indica la especialista en dinosaurios del Cretácico «En ocasiones el animal muere en un lugar, pero queda enterrado y fosilizado en otro y en ese proceso se puede perder parte parte del material, entonces para conservarlo es necesario que cuando muera quede enterrado rápidamente y en contextos que eviten su alteración. En el caso del Tlatolophus galorum parece ser que esa fue la situación: de alguna manera quedó cercano a un cuerpo de agua que no implicó un mayor movimiento y que permitió que casi todo el esqueleto quedará en un mismo punto». En otros lugares, contrasta, se han encontrado restos mezclados de diferentes individuos.

El cráneo de Tlatolophus galorum es el más completo recuperado hasta ahora de un espécimen de la subfamilia lambeosaurine, con un 80 por ciento de integridad, mientras los faltantes del esqueleto son mayores, pero prosigue la búsqueda para determinar si existen o no más restos del individuo crestado.

Tener casi completo el cráneo permitió armar la cresta del dinosaurio, con 1.32 metros de largo, las mandíbulas inferiores y superiores, paladar e, incluso, el segmento que se conoce como neurocráneo, donde se alojaba el cerebro y pudo compararse el ejemplar con otras especies de hadrosaurios conocidas en la región, como el Velafrons coahuilensis.

Un dinosaurio platicador

«Sobre la cresta ha habido varias hipótesis. Se habla de que pudiera ser utilizada como medio de comunicación, porque funcionaba como caja de resonancia; podía emitir sonidos con los cuales comunicarse entre los individuos de la misma población, es la hipótesis que hasta el momento tiene mayor certeza, dada la diversidad de formas de crestas que hay para este tipo de dinosaurios picos de pato, es algo muy particular», explica la especialista.

Algunos paleontólogos proponen que estos sonidos podían espantar a los carnívoros o emitirse con fines de reproducción.

Antes de localizar el cráneo, el equipo de investigadores del INAH y de la UNAM recuperó en 2013 la cola articulada del dinosaurio, de cinco metros, para después hallar el fémur y la escápula, entre otros huesos, hasta que desenterraron uno muy alargado y con forma de gota. Al principio Ángel Alejandro Ramírez Velasco, estudiante de doctorado en el Instituto de Geología (IGl) de la UNAM y uno de los descubridores del fósil, supuso que era la pelvis.

Otro de los participantes del proyecto, José López Espinoza opinó se trataba de la cabeza del animal, como se constató al recolectar, limpiar y analizar otros 34 fragmentos óseos.

El examen mostró que la cresta y la nariz eran distintas al Velafrons y más parecidas a lo que se observa en otra tribu de los hadrosaurios: los parasaurolofinos; las diferencias no pararon allí: la cresta del ejemplar de General Cepeda, con forma de gota, se oponía, incluso, a la cresta tubular de Parasaurolophus, la especie más conocida de los parasaurolofinos, que habitó en los actuales territorios de Nuevo México y Utah, Estados Unidos, así como en Alberta, Canadá, y que se ha retratado en películas como Parque Jurásico.

«Después de todos estos hallazgos nos convencimos de que estábamos ante un nuevo género y especie de dinosaurio crestado», señala Aguilar, coautora del artículo académico publicado en la revista científica Cretaceous Research que da cuenta del descubrimiento. Suscriben también el texto Ramírez Velasco, René Hernández Rivera, José Luis Gudiño Maussán, Marisol Lara Rodríguez y Jesús Alvarado Ortega.

«Somos afortunados», valora Aguilar, «el mismo equipo de trabajo que en su momento inició con la recuperación de la cola y luego del cráneo, extraordinaria pieza que venía asociada a ésta, fue el que tuvo oportunidad de describir la especie».

«Cuando estamos hablando de encontrar algo completamente distinto, que no había sido descrito en la literatura científica, es realmente como la joya de la corona», celebra.

Adopción comunitaria

La cola articulada del Tlatolophus galorum se exhibe en la cabecera municipal de General Cepeda, donde -con apoyo del ayuntamiento- se habilitó un espacio en el que los habitantes del municipio y visitantes pueden conocer los restos de este dinosaurio.

«La decisión que tomó el proyecto de investigación fue que mientras entraba a la fase de preparación -quitar el excedente de sedimento- las cinco vértebras sacras, más las 48 vértebras caudales se exhibieran de manera temporal en la cabecera municipal, lo cual ha sido un acierto porque hoy en día la gente lo conoce», pondera Aguilar.

El resto de los materiales permanecen en resguardo del INAH.

«Si en su momento se requiere hacer una exhibición (del esqueleto) conforme se vayan terminando los estudios se tendrían que hacer los duplicados correspondientes», previene la experta.

Cuando se traslade la cola para el proceso de investigación, dice, se informará en todo momento a la comunidad de cada etapa de trabajo.

«Y si el espacio así lo permite se harán las gestiones correspondientes para que esté en comodato para exhibición, como muchas de las piezas que tiene el INAH en museos comunitarios o locales, pero eso es a largo plazo».

(Con información de REFORMA)

Claroscuro

Claroscuro, lo blanco y lo negro de la noticia

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba