Ladrones de tiempo

La semana pasada en la ciudad de Hamburgo (Alemania) tuvo lugar una marcha inusitada.  Un conjunto de niñas y niños tomaron las calles portando pancartas en contra del uso del teléfono celular de sus padres.

Bajo el grito “Estamos aquí, gritamos alto, porque nuestros padres están mirando el celular” las pequeñas y los pequeños hicieron una parada pública para denunciar el desapego de los papás, arrobados, como lo están millones en el mundo, con su smartphone.

La protesta fue liderada por un pequeño de siete años de nombre Emil Rustige.  No protestaban contra los celulares, sino contra quienes han hecho de los celulares una forma de identidad, un estilo de vida, una manera virtual de enfrentar al mundo (sin involucrarse en él).

En su discurso, ayudado de un megáfono y trepado en la banca de un parque hamburgués, Emil dijo: “Espero que después de esta demostración la gente gaste menos tiempo en sus teléfonos celulares”. 

Muchos padres de familia son ahora adictos al celular sin saber que pueden causar problemas de salud a sus hijos pequeños: pueden hacerlos más propensos a enfermedades de atención y hacerlos caer en hiperactividad, sin contar los problemas de reconocimiento al comprobar que –como antaño sucedía con la televisión—el celular gana más en atención de sus padres que ellos mismos.

“Aquí está el mensaje para todos los padres”, dijo Emil al final de su corto discurso en el parque: “jueguen conmigo, no con sus smartphones”.  El aplauso de la pequeña multitud aglomerada al lado de los pequeños manifestantes no se hizo esperar. 

Hace tiempo a la televisión le habían dicho “ladrona de tiempo, criada infiel”.  Nada, pero nada, comparado al tiempo que se lleva el celular en la vida de millones de papás en el mundo.  Y lo del servicio que proporciona, como siempre, depende de la prudencia del usuario, de su capacidad de equilibrio. 

Desde luego, frente a la petición de un hijo, o a los reclamos de Emil y sus amiguitos hamburgueses no habría más que hacer que apagar el celular y reinstalar la relación humana que nos justifica.

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