De Black Mirror a Cortázar: la belleza de la interactividad

Alma de lector en cuerpo guionista de TV, Charlie Brooker, el creador de Black Mirror, nos refresca con la más reciente entrega de la serie y alude a un viejo paradigma de la filosofía: la inclusión del individuo en la construcción de narrativas, la poderosa idea del metarrelato y la autorreferencia como expresión última de la cultura, pues recupera la subjetividad como parte fundamental en la creación de universos de posibilidades infinitas.

Si quieres entender, Lector, que esta columna aterrizará en algo concreto, sígueme hasta el final por favor. El capítulo Bandersnatch ha maravillado por su forma impecable de contar una historia, sobre todo porque involucra interactivamente al sujeto en la creación de la narrativa misma.

Sólo por internarlo en estos tiempos de temor a reconocer la subjetividad, por culpa de las fake news, Brooker debe ser aplaudido. Pero no debe perderse de vista que aunque atrevida y refrescante, la idea de generar una relación íntimamente interactiva entre narrador y lector no es nueva.

Rayuela, de Cortázar, realmente revolucionó al mundo en 1963 con su polisémica interactividad, que permitía que el lector decidiera cuál final quería, según el (des)orden en que decidiera seguir el relato.

En 1979, Italo Calvino, entonces uno de los principales teóricos de la literatura y las posibilidades del lenguaje y la comunicación, nos regaló Si una noche de invierno un viajero, obra maestra de la autorreferencia: metió al Lector (así, en mayúscula) como un personaje activo que afectaba la historia misma que estaba encarnando.

Y hay muchas referencias más. Platiquemos: de Borges tiene la fascinación por los espejos, por los juegos con el tiempo (como los futuros múltiples y paralelos de El jardín de senderos que se bifurcan) y por la perplejidad que generan los laberintos; de Lewis Carrol usa el nombre del Bandersnatch, personaje de Alicia detrás del espejo; de Miguel de Unamuno, la duda solipsista respecto a la existencia “real” del tiempo y el destino, planteadas en Niebla.

Y aquí, Lector, la promesa del inicio: el reconocimiento de la subjetividad y la riqueza creativa de la interactividad han hecho poco eco en la política y el gobierno. Declarar en política que se tienen filias y fobias, aunque por encima de éstas se pretenda administrar el gobierno, es una invitación a la autoaniquilación. Por eso, todas aquellas figuras que tomen en cuenta al gobernado, para darle forma a la política de gobierno misma, deben ser tan bienvenidas y emocionantes como darle forma a los finales de Black Mirror: Bandersnatch.

Figuras autorreferenciales como las consultas públicas, el presupuesto participativo o los referendos deberían ser el común en nuestra democracia, en un tiempo en el que se debe “mandar obedeciendo”, como nos enseñaron los zapatistas de Chiapas hace 25 años. Lo que se debe cuidar es el sesgo que se le puede (o quiere) dar a esos instrumentos, para legitimar agendas particulares. Pero esa es otra historia.

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