Los difusos acordes de una añeja tradición

Difusos son los sonidos de esta ciudad que al tiempo que crece, agrega tonos y armonías a la gran y ruidosa orquesta compuesta por motores, metales y bullicio que involuntariamente componen la sinfonía de la modernidad.

Esa que, al tiempo que aumenta su volumen, diluye entre sus notas aquellos acordes que la historia y la tradición se han aferrado a nunca callar.

Es un domingo como muchos en la capital de nuestro estado, pero la urbe vibra diferente, pues a pesar de no ser la misma de hace años, los domingos pareciera que uno vuelve en el tiempo, las familias acuden al mercado, a las plazas, a misa y se respira una calma provinciana, esa que tanto añoran los autóctonos y que tanto nos culpan a los queretanos por adopción de habernos robado. Una de las plazas más concurridas este día es el jardín Zenea, lleno de folklor y cultura. Se pinta de colores y matices, con caras de niños felices y múltiples parejas de enamorados sonrientes enmarcados por un dulce sonido que rebota entre paredes que, al son de “Cielito Lindo ” agrega calidez a los paseos familiares, difícil es en principio notar con exactitud de dónde viene la melodía pero tan arraigados están en nuestra mente estos sonidos, que resulta inverosímil no saber que aquellos acordes provienen de las 26 notas de un organillo y la cadencia exacta del “Burrito” que lo hace sonar al girar la manivela.

Los primeros organillos llegaron a nuestro país provenientes de Alemania hace muchos años, algunos afirman que fueron parte de un regalo de aquel país al entonces presidente Porfirio Díaz, pero hay quien asegura que fue mucho antes de eso y fueron los circos los primeros en poner este artilugio en la escena. El organillo es un instrumento mecánico de viento, que no requiere un ejecutante que sepa música, cualquier persona puede hacerlo funcionar, pues es el aire, que pasa por la caja secreta o caja de distribución, junto con el cilindro que lleva marcada la partitura, el que produce los tonos que generan las piezas musicales, sin embargo, a decir de Irving, joven dedicado al oficio de organillero, no solo es darle vueltas porque sí, para poder ser organillero, se debe tener ritmo además de carisma, mucho carisma.

Engalanados con su ya tradicional uniforme café en honor al ejército de Francisco Villa, los “burritos”, quienes además de dar vuelta al cilindro son los encargados de transportar los casi 60 kilos de peso de este instrumento, solían verse siempre acompañados de un “limonero”, aquel encargado de recolectar las propinas, pero esto con el tiempo ha cambiado, pues cada vez es más difícil poder sacar un ingreso digno de este oficio, “No sé si sea desinterés, pero hay gente que es hasta grosera con nosotros” nos cuenta el pseudo dorado de Villa, al tiempo que da vueltas a su cilindro y reflexiona sobre los motivos que han ido mermando la cantidad de estos empecinados hombres, pues a decir de nuestro amigo Irving, el instrumento tiene la fuerza suficiente aún como para poder convencer que no debe morir todavía sin embargo cada vez es menos común encontrarlos por las calles.

En nuestra ciudad son contados los puntos donde podemos encontrar estos nostálgicos artefactos, Avenida Tecnológico, Juárez, Pie de la Cuesta, Calzada de los Arcos y algunos cruces del centro histórico, son aun el escenario para que podamos escuchar las melodías populares que emanan de estos históricos instrumentos, esperando que las palabras de Agustín Lara “Ya se va el organillero, nadie sabe adónde va”…, nunca se vuelvan realidad y se pierda esta centenaria tradición llena de cultura, que con un poco de disposición sería fácil de conservar, tan fácil, como sacar de tu bolsa algunas monedas.

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