El #50 de calle Cuauhtémoc

Como cada noche, suenan las botas que casi marcialmente, desfilan por el piso de cantera, uno tras otro, salen los 16 mariachis que tienen su “cuartel”  en la histórica vecindad de la calle Cuauhtémoc, no sin antes pasar por  donde está siempre Anita y las demás vecinas, que como casi todas las noches se reúnen en una pequeña mesa improvisada a las afueras del número 9 para jugar lotería y platicar de la vida, esa vida que, como a los mariachis, ven pasar como al tiempo, de la mano de su querida vecindad.

Sobreviviente al paso inclemente de la modernidad, este vecindario se ha ido reinventando y adaptando, la vida en la vecindad se ilustró siempre de la misma forma, mujeres lavando, hombres ausentes y niños jugando por doquier; sin embargo, esta imagen ya no es más la que era.

100 años después lugares como este ya no están destinados a la clase marginada, aunque si a la trabajadora, esa que le da ritmo a nuestra ciudad.

La vecindad Cuauhtémoc, atrincherada tras una enorme puerta de madera cercana al siglo de vida es, sin duda, un vivo ejemplo de la capacidad de cohesión que tienen las sociedades, pues en ellos, con sus bemoles y altibajos todas las familias se vuelven una y eso es parte del atractivo para los que las habitan.

“Me encanta vivir aquí, nunca tengo problemas y me siento cobijado por la comunidad, somos una familia pero grandota, además está cerca del centro y eso es lo mejor” platica Guillermo, quien no hace mucho llegó a vivir a este histórico recinto.

Guillermo, comerciante y una pieza más del mosaico colorido y variado de  residentes del pasillo, como algunos le llaman, relata:

“Aquí viven un par de señoras que son pepenadoras, al fondo  una chica que es periodista como tú,  o algo así; creo que aquí hay dos pero la otra es fotógrafa. Están también los mariachis, había un laudero, está también Don Mario que es creo el que más años tiene aquí -cerca de 68- y Anita, ella sin duda es la más representativa y la que nos une a todos” agrega el muchacho.

La entrada a este mundo diferente en una moderna ciudad es bien custodiada, para no romper el esquema, por un adornado altar a la Virgen de Guadalupe, ícono que no puede faltar ni en esta ni en ninguna de las pocas vecindades que aún quedan en nuestra ciudad.

Se estima que en algún momento llegaron a contarse cerca de 55vecindades en Querétaro, pero muchas de ellas ahora albergan entre sus paredes realidades completamente diferentes a las que vieron sus inicios, un ejemplo de esto es el ahora Mesón de Santa Rosa, ubicado frente a la Plaza de Armas, lugar que ahora es uno de los mas lujosos y concurridos hoteles del centro de nuestra ciudad capital, pero que en sus inicios era el vivo retrato de aquel concepto de vecindad retratado en las películas del cine de oro nacional.

UNA HERENCIA QUE SUPERA LO MATERIAL

La vecindad Cuauhtémoc, jamás ha cambiado de dueños, de generación en generación, los propietarios del inmueble han sido siempre de la misma familia y hoy el encargado de mantener vivos los colores, literalmente hablando, de las paredes de este emplazamiento es el señor José García,  quien recibió la administración de la edificación de parte de su madre, que a su vez, la recibió de su esposo.

“Este lugar ha visto pasar a muchas personas, me ha tocado incluso recibir a gente que se acerca sólo para recordar su infancia o los días que pasó por aquí y sí, se asombran de ver el gran cambio que ha tenido, por ejemplo, antes los baños, como en cualquier vecindad, estaban por fuera de los cuartos y las paredes no estaban recubiertas, era ladrillo puro, pero  hemos hecho todo lo necesario para que sea este un lugar digno y represente bien los valores de la gente que lo habita. Eso sí, jamás perderá la esencia y el folklore, la ropa tendida las cortinas por puerta, y todo aquello, que a mi parecer solo hace de este un lugar más cálido y acogedor, y esa es y será siempre mi máxima responsabilidad”, relata.

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